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Especialista en Teatro Venezolano
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jueves, 12 de diciembre de 2013

Guillermo Meneses



LA CITA DE LA SEÑORA

 (Un bar moderno, con rosas bien educadas, sabiamente entreabiertas por los cuidados de la florista. Un bar envuelto en blanca luz de neón, donde los cocteles son un poco productos de laboratorio y donde el sentimentalismo es semejante a una suite de Debussy en tiempo de fox.
El barman –interrumpe su gesto de encender un cigarrillo  para inclinar la cabeza ante el primer cliente de la tarde. Aprieta el gorro sobre el cabello planchado, se acerca a la mesa.)

BARMAN.- A su orden, madame.

(Distinguida, la melena bien rizada, con melancólico brillo que se opaca a la sombra de un enorme sombrero negro. Es elegante, aunque hay en ella cierta apagada sensación de vejez que no llega a cursilería. Y es, también, soñadora, aunque podemos hallar en sus ojos cierta expresión que se confundiría –si así lo deseáramos- con alguna misteriosa borrachera… o con la locura… o, simple y llanamente, con la necesidad de usar anteojos, dominada por la coquetería. De todas maneras, una señora distinguida y hermosa, otoñal, elegante.)
(El barman insiste.)

SEÑORA.- Sirva usted dos copas… Dos copas de ese coctel dulce y helado que fabrica usted…

BARMAN.- ¿Dos copas?

SEÑORA.- (Enojada) He dicho dos copas. Ha entendido usted bien.

BARMAN.- Pero…

SEÑORA.- ¿Le molesta a usted servir lo que se le pide sin preguntar?

BARMAN.- Perdone usted, madame. Pero como no veo más que a usted.

SEÑORA.- (Tranquila) Bien. Puedo explicarle. Servirá usted dos copas… y muy pronto, porque mi compañero va a llegar en seguida.

BARMAN.- Perfectamente, madame.

(El barman va y viene. Da órdenes. Hace de camarero, sirve directamente a sus clientes este barman que posee el pequeño negocio pulido donde las rosas están bien educadas. En la punta de sus dedos viene por fin la bandeja con las copas nikeladas, repletas de licor.

BARMAN.- Aquí están sus dos cocteles, madame.

SEÑORA.- Gracias. El mío aquí, frente a mí. La otra copa… ¿me hace usted el favor?... cerca de las flores, a mi derecha. Él… él, ¿sabe usted?... Mi compañero… va jugando con la copa mientras la aleja de sí hasta ponerla, justamente, al lado del florero.

BARMAN.- ¿Así?

SEÑORA.- Así. Justamente… Cuando llegue, que será muy pronto, le agradará encontrar su coctel en el sitio donde lo hubiera colocado si antes hubiera estado al lado mío… Si antes hubiera llegado a mi lado y conversado cosas tontas, poniendo en las palabras más sencillas la más intencionada pasión…

BARMAN.- Claro. Y, si me permite preguntárselo… ¿quién es él?

SEÑORA.- Él es… Él es un gran pintor. Se llama Leonardo.

BARMAN.- ¿Leonardo?

SEÑORA.- No tiene usted por qué asombrarse. Ha habido muchos Leonardos pintores, desde aquel famoso Leonardo da Vinci. Pero mi Leonardo es el más grande de los pintores.

BARMAN.- Perdone usted una vez más mi estúpida curiosidad.

SEÑORA.- No hay nada que perdonar. Pero… ¿me deja usted sola?... A él le gusta encontrarme sola, frente a la copa de coctel, frente a…

BARMAN.- Con permiso.

SEÑORA.- Hasta luego.

(El barman se retira. Asegura para sus adentros que la señora está absolutamente loca y sonríe entre pícaro y piadoso cuando ella comienza a hablar a solas mientras sorbe la copa de coctel. Se acerca sigiloso. La señora habla a dos voces. Inventa muy paso, muy lento, el apasionado diálogo en el que son personajes ella y Leonardo. Esto escucha el barman curioso y sonriente.)

SEÑORA.- Leonardo.

LA OTRA VOZ.- Querida.

SEÑORA.- Me hiciste esperar tanto…

LA OTRA VOZ.- Te he encontrado, justa, en la posición que más linda te hace.

SEÑORA.- Tal como me pintaste la última vez.

LA OTRA VOZ.- La copa de cristal sujeta entre los dedos. El borde de la copa junto a la boca entreabierta.

SEÑORA.- Los ojos…

LA OTRA VOZ.- Mirando un sueño maravilloso.

SEÑORA.- La sonrisa.

LA OTRA VOZ.- Apenas dibujada en el rincón de los labios.

SEÑORA.- El cabello salvaje…

LA OTRA VOZ.- Como si lo hubiera enredado el viento de la mañana.

SEÑORA.- Tal como tú quisiste verme siempre.

LA OTRA VOZ.- Gracias querida, muchas gracias… Eres tú, son tu rostro y tu cuerpo, como una dulce melodía triste y encantadora.

(El barman se inquieta. Hace la mujer el juego de las voces con tal sinceridad, que el insigne fabricante de cocteles duda a veces si no será cierta la presencia de alguien al lado de la dama del gran sombrero negro. Vuelve a escuchar.)
LA OTRA VOZ.- Querida, siempre dije que tú, que tu cuerpo, eran música pura. Cantan los colores y las formas de tu carne la más bella y profunda canción. La canción que yo he hecho en mis cuadros.

SEÑORA.- ¿Recuerdas?... Nos encontramos por vez primera en lo alto de las montañas.

LA OTRA VOZ.- Corría el viento doblando las yerbas y desmelenando las ramas de los árboles.

SEÑORA.- Había en el aire olor de tierra mojada y de flores.

LA OTRA VOZ.- Tú reías.

(Ante el asombro del barman ella lanza una carcajada)

SEÑORA.- ¡Como ahora, querido!

LA OTRA VOZ.- Reías y se hacía metálico y fogoso el atardecer. Temblaban las nubes llenas de tu risa.

(La señora vuelve a reír en larga risa fresca)

SEÑORA.- Lo mismo que hoy, Leonardo.

(La señora se toma de un trago el segundo coctel, el reservado para Leonardo. El barman decide intervenir.)

SEÑORA.- ¿Qué desea usted?

BARMAN.- ¿Otro coctel, madame?

(Ella responde rabiosa, como despertando de un sueño.

BARMAN.- Creí que me llamaba. La escuche reír. Me di cuenta de que estaban las copas vacías y…

(Madame llora, delicadamente, desconsoladamente.)

SEÑORA.- ¿Qué ha hecho usted, barman?

(El barman se azora, habla con inquietud.)

BARMAN.- ¿Qué he hecho yo, señora?

SEÑORA.- Ha roto usted mi cita…

BARMAN.- ¿Su…? ¿Su cita?        

SEÑORA.- Se ha ido Leonardo. Usted lo ha hecho ir.

BARMAN.- Señora, crea que lo lamento extraordinariamente.

SEÑORA.- Pero, ¿por qué, barman, ha hecho usted eso?... Él estaba aquí. ¿No lo miró usted? Mientras se tomaba su coctel estaba diciéndome cómo nos conocimos allá en las altas montañas, donde el viento dobla con sus fuerzas las delgadas yerbas y las ramas de los arboles… Contaba él como yo reía y el atardecer se hacía metálico y temblaban las nubes llenas de mi risa. (Solloza la madama con largo llanto quieto) ¿Por qué barman, ha hecho usted eso?... Leonardo se fue.

(El barman no encuentra que hacer con las manos. Se aprieta el gorrito, mueve los pies, se rasca una oreja. Por fin habla.)

BARMAN.- Perdone usted, señora, he sido inconcebiblemente torpe. He debido saber desde el primer momento que estaba usted metida en un negocio sumamente delicado.

(Ella insiste monótona)

SEÑORA.- Se fue Leonardo, barman. Ha partido.

BARMAN.- Ciertamente.

SEÑORA.- No hay nadie al lado mío, barman… y su copa está vacía.

BARMAN.- Sí.

SEÑORA.- La tomó a sorbos lentos, como si quisiese estar mucho tiempo conmigo y luego llegó usted, con su pregunta impertinente.

BARMAN.- Llegué yo y…

SEÑORA.- Y ahora, no está Leonardo…

BARMAN.- No encuentro palabras para rogar a usted…

SEÑORA.- (Categórica) ¡Las palabras no sirven para nada!

BARMAN.- ¡Caramba!... Pues sirven a veces… para vivir los sueños.

SEÑORA.- Es que no ha sido un sueño, ¿sabe usted?... Él estaba aquí y si no hubiera sido por la impertinente intervención de usted, por su empecinamiento en saber de todas las cosas, hubiera estado junto a mí largo tiempo y me hubiera besado, como aquel día que nos conocimos, los cabellos mojados de lluvia.       

BARMAN.- Señora… ¿desea usted otro coctel?

SEÑORA.- Sírvalo.

BARMAN.- ¿Dos copas?

SEÑORA.- No se repite fácilmente la cita del recuerdo.

BARMAN.- ¡Caramba! ¡Pues quién sabe…!

(Mientras prepara su nueva fórmula, el barman siente que se sumerge en un abismo que va de la demencia a la burla. Dentro del sentimentalismo moderno del bar moderno –Debussy en ritmo de fox-, hay un sitio para esa loca que habla sola e inventa diálogos con un inexistente enamorado. La entrada de un cliente nuevo, pone en movimiento de manera estrafalaria, la máquina de pensar que existe bajo el gorrito blanco del barman.)

BARMAN.- ¿Qué desea usted, señor?

(El recién llegado bosteza, se arrellana en su silla)

EL NUEVO.- Un coctel.

BARMAN.- ¿Le molestaría a usted, además, vivir esta tarde una extraña aventura?

EL NUEVO.- ¿Una aventura?... Encantado, barman.

(El hombre no tiene la menor idea de la “aventura” donde se ha metido. A medida que habla el barman, presiente que lo anda rondando el absurdo.)

BARMAN.- ¿Le agradaría a usted ser, por unos momentos, cierto pintor llamado Leonardo y asistir a una cita con aquella señora que, por cierto, espera la llegada de un antiguo amante?

EL NUEVO.- ¡Caramba, barman!... No la conozco. Ni siquiera sé su nombre.

BARMAN.- Acérquese. Llámela usted “querida” y dígale que la conoció una tarde, en las altas montañas. Dígale usted, textualmente, que la risa de ella incendiaba las nubes y hacía vibrar el aire cargado de lluvia…

EL NUEVO.- Es hermosa.

BARMAN.- Espera a su amante.

EL NUEVO.- Pero, barman…

BARMAN.- Va usted a decir que sí. Yo pondré su coctel, el que le corresponde a usted, junto al florero, al lado de las rosas. Usted tomará la copa, sencillamente, naturalmente… y le dirá “querida”.

(El recién llegado se decidió. De un golpe, sin pensarlo más, ha lanzado su afirmación.)

EL NUEVO.- ¡Vamos!

BARMAN.- ¡Vamos!... Pero, oiga usted… extremada delicadeza, ¿entendido?

EL NUEVO.- Créame que la cosa es seria.

(El barman atraviesa el pequeño laberinto de cristal que forman las mesas. Llega hasta la Señora mientras El Nuevo observa.)

BARMAN.- Madame…

SEÑORA.- Gracias…

BARMAN.- Aquí junto a las rosas la otra… ¿Bien?

SEÑORA.- Gracias de nuevo. Y, si él viene, no intervenga usted, barman, por favor… Y, si observa usted las copas vacías, retírese usted en silencio y, en silencio, ponga usted nuevas copas.

(El caballero recién llegado se acerca a la mesa. El barman se coloca lo suficientemente cerca como para seguir escuchando. El caballero toma asiento tranquilamente.)

SEÑORA.- Leonardo…

EL NUEVO.- Querida…

SEÑORA.- Regresaste…

EL NUEVO.- Tenía que regresar. Tú lo sabes…

SEÑORA.- Estábamos hablando tan íntimamente y llegó ese barman a interrumpir nuestra cita.

EL NUEVO.- El encuentro de la montaña, cuando tus cabellos estaban llenos de lluvia…

SEÑORA.- (Con miedo) Y mi risa…

EL NUEVO.- Y tu risa incendiaba las nubes y temblaba en el aire.

SEÑORA.- (Riendo) En verdad, eres tú, Leonardo.

EL NUEVO.- ¡Claro, querida!

SEÑORA.- No tomes tu coctel tan apresuradamente. Siempre tomaste a sorbos lentos, alargando el momento de nuestra intimidad.

EL NUEVO.- ¿Así?

SEÑORA.- Más lento. El tiempo pasa con excesiva rapidez.

EL NUEVO.- Todos estos años…

SEÑORA.- ¿Estos años, Leonardo?... Ayer nos vimos, como siempre.

EL NUEVO.- ¿Ayer?

SEÑORA.- Como siempre. Nunca has faltado a una cita, desde el día de nuestro encuentro en la montaña.

EL NUEVO.- Cierto, querida.

(Asustado El Nuevo se traga de un sorbo el coctel. Ella se enoja)

SEÑORA.- Ya vaciaste tu copa y yo apenas he probado la mía. Estás tomando como si fuera necesario que nos separáramos muy pronto.

EL NUEVO.- Y así es, querida.

SEÑORA.- ¿No pides otro coctel?

EL NUEVO.- Tengo que irme.

SEÑORA.- ¿No te acompaño hoy?

EL NUEVO.- Tal vez no sería conveniente.

SEÑORA.- ¿No vas a tu casa? ¿Tienes algún cliente a quien atender?

EL NUEVO.- (Inventando miles de excusas para detener la loca aventura donde se ha metido). Alguien me aguarda para…

(Ella interrumpe celosa)

SEÑORA.- ¿Estás haciendo el retrato de una mujer?

EL NUEVO.- No. En realidad…

SEÑORA.- (Interrumpiendo ahora dolorosa) No me engañes, Leonardo. No soportaría una mentira de tu parte. Siempre has sido noble y sincero.

EL NUEVO.- (Decidiéndose como quien se lanza a un precipicio) Vamos a casa, entonces. ¡Nada nos separa! ¡Vamos!

SEÑORA.- Vamos.

(El barman acude solicito y sonriente. Cobra las monedas. Hace reverencias. Atiende a la dama….)

BARMAN.- ¿Estoy perdonado, madame?

SEÑORA.- (Muy alegre) Perdonado. Adiós. O, tal vez, hasta mañana.

(La pareja desaparece. El barman, tras sus cristales pule una cenicera mientras silba una melodía cualquiera, seguramente Debussy en ritmo de fox).


Caracas, 1948.




RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS DE AUTOR. Cualquier reproducción o representación parcial o total, por medio literario, audiovisual o teatral sin autorización del autor o sucesorio, queda sometido a las penalidades que estipula la Ley de derecho intelectual.


sábado, 7 de abril de 2012

Guillermo Meneses




NOCHES
DE
SAN JUAN

(Fragmento del Segundo Acto)

(El sol bruñe el cielo de esmalte. A través de las ramas, sobre las tejas, se siente el peso del calor. Las moscas vuelan atontadas y de los árboles viene el aliento caliente de la hora. Teodora hace sus menesteres de cocinera y María la Luz haraganea y vigila la puerta de la palizada cada vez que se lo permite su pereza. Sobre el pecho de Fernando descansa la niña Sarita. Doña Rosa, hacia el fondo, mira el hondo paisaje de las montañas)

Sara.—    (Riendo). Te estoy oyendo el corazón.  
Fernando.—    ¿Qué dice?     
Sara.—    ¡Ay, no sé! Tiene un repiqueteo como de telégrafo y yo no soy telegrafista.    
Fernando.—    Pues, mira, dice “¡Si me gusta el peso de la niña Sarita”!     
Sara.—    ¡Mentiroso! Tu corazón dice lo que pensamos todos: ¡qué calor, Dios mío, qué calor!       
Fernando.—    Es que tú no sabes escuchar.
Rosa.—   Fernando, no te has ocupado de la hacienda desde que viniste. 
Sara.—    Se está ocupando de su mujer.      
Rosa.—   Eso es lo que digo. Y comete una necedad. Da lo mismo una mujer que otra. 
Fernando.—    ¡Madre! ¡no diga eso! No hay otra igual a usted.
Sara.—    ¡Claro!    
Rosa.—   ¿Qué sabes tú de eso, niña, niña?
Sara.—    Yo digo que para cada quien la madre es lo primero.    
Rosa.—   ¡La madre! A la madre la desbanca cualquiera realenga que ofrezca sus carnes.     
Fernando.—    Quien la oiga creerá que...     
Rosa.—   Creerá lo cierto: que soy nadie en mi casa desde que llegó la niña bonita.    
Sara.—    (Alzándose, cercana a Fernando). ¿Por qué me tiene usted rabia?       
Rosa.—   Porque no me gustan las niñitas santas que aparentan que tienen en las venas leche y azúcar y tienen dentro peor intención que los tigres.   
Fernando.—    ¡Pero, madre!
Sara.—    Yo nunca le he hecho nada, señora. La respeto por
Fernando. Ya voy comprendiendo que no merece usted respeto...      
Rosa.—   ¡Pelea! ¡Sí! ¡Pelea! Muestra lo que eres de verdad. Muéstralo.    
Sara.—    Nunca le he dicho que tengo azúcar en las venas. Tengo, sangre, señora, como cualquier otra mujer.
Fernando.—    ¿Pero qué es esto?
Rosa.—   ¿Esto? Tu niña dulce que, delante de tí me insulta.
Sara.—    ¿Soy yo la que insulta?  
Rosa.—   Usted, niña de azúcar.   
Fernando.—    (Intentando intervenir) ¡Madre!       
Rosa.—   Usted, que por fin se va quitando el disfraz y enseñando la cara... Hija de marineros! ¿Verdad? Eso dice usted que es.    
Sara.—    ¡Sí, señora! Mi padre fue marino, Capitán de goletas. ¿Hay en eso algo de deshonroso?     
Rosa.—   ¡Hija de marineros! ¿De marineros? ¿De muchos marineros? Quién sabe en cual burdel porteño te preguntaste en vano muchas veces cuál de tantos marinos que llegaban le dio a tu madre la semilla de donde tú naciste!       
Fernando.—    ¡Madre! ¡Usted no tiene derecho!  
Sara.—    Sí tiene derecho. Está en su casa. Soy yo quien debe callar y salir de aquí, porque vine creyendo que al lado de mi marido había un lugar para mí y...     
Fernando.—    Aquí conmigo está tu casa.    
Rosa.—   Soy yo quien se va. Mi hijo me bota por una cualquiera hija de marineros.      
Fernando.—    ¡Cállese, madre!     
Rosa.—   ¿Qué? (Haciendo un esfuerzo terrible sobre su odio). Perdona, hijo. He faltado, sí, he faltado. El deber de la madre es mirar calladamente cómo una... cómo la mujer del hijo le roba su puesto. Cómo una... Perdona, Fernando, ¿quieres? Tú no puedes pensar mal de tu madre, ¿verdad que no?       
Fernando.—    ¡Pero, madre! 
Sara.—    Me voy a descansar un rato.  
Fernando.—    Quédate. Mamá te pide excusas.  
Rosa.—   Hijo, tú no puedes pensar mal de tu madre ¿verdad? Es que tanto tiempo en esta soledad... soñando... pronto viene mi hijo; pronto viene mi Fernando. Soñando que te besaba como cuando eras un muchachito. Soñando que eras mi sueño de siempre.       
               
(Suena dentro la copla de Ladislao).
               
        “Flor de mi patria querida
en un jardín cultivada...” 
               
        (Éste queda en silencio al entrar a escena y cuando va a saludar mira los gestos de María La Luz quien le manda callar. Así, Ladislao se une al grupo de los sirvientes, atentos a las palabras de los señores).   

Fernando.—    ¡Pero, mi vieja! ¡Yo la quiero como siempre. Nadie me la ha hecho olvidar!...      
Rosa.—   Tantos años esperando y luego...  
Sara.—    ¿Y luego qué, señora?   
Rosa.—   ¡Hija de marineros, amarga!   
Sara.—    ¿Acaso yo le he quitado su hijo? Sigue siendo hijo suyo aunque sea mi marido. Lo que pasa es que usted quiere tenerlo entre las faldas y las únicas faldas para un hombre deben ser las de su mujer.     
Rosa.—   ¡Hija de marineros! ¡Quién sabe a cuántas arroparon esas faldas sucias de arena! (Sale corriendo entre lloros histéricos mientras Sara se abraza desesperadamente a Fernando).       
Sara.—    ¿Ves? ¿Ves cómo me odia? ¿Cómo me insulta sin razón?   
Fernando.—    Vamos a ver qué hacemos.    
Sara.—    A mí me duele... Yo no sé qué siento adentro... pero esas cosas de tu madre se me revuelven... me desesperan.
Fernando.—    Yo no sé qué le pasa a mi madre.  
               
(Los sirvientes se acercan desde la cocina)
               
Teod.—   ¿Me permite que le diga unas cuantas cosas don Fernando?      
MdeL.—   ¿Y a mí? 
Ladi.—     Hasta yo voy a hablar.   
Fernando.—    Hablen. Ustedes saben que para mí han sido amigos siempre. Tú, pollo fino, más que cualquiera.
Ladi.—     Se agradece. Usted sabe también que en mí puede confiar.
Fernando.—    Digan. ¿Qué le pasa a mi madre?  
Ladi.—     Doña Rosa... Mejor es que hable Teodora.   
Teod.—   Sí, señor. A la más vieja se le perdona si mete la pata. (Pausa).  
Fernando.—    ¡Habla, Teodora!    
Teod.—   Con perdón de la niña. Mejor con usted solo.
Fernando.—    ¿Te importa, Sara?
Sara.—    ¿Qué me va a importar? En esta casa para todos soy un estorbo. Me voy hasta la orilla del río, a mirar el agua. (Sale hacia el fondo).    
Ladi.—     No se ponga brava, flor de jazmín. Todos aquí la queremos.
Sara.—    ¡Adiós! (Sale). (Pausa).  
Fernando.—    Bueno. ¿Qué fue?  
Teod.—   ¡Habla tú, Ladislao!
Ladi.—     No. Usted.      
Teod.—   Lo que le pasa a Doña Rosa es que...   
MdeL.—   Está celosa.   
Teod.—   Desquiciada de la cabeza.     
Ladi.—     Embrujada de amor malo.      
Fernando.—    ¿Creen que me quiere como si... como si no fuera... que está enamorada?... ¿que me...? ¿que se ha olvidado de que es mi madre?
Ladi.—     Está enferma de mala pasión.
MdeL.—   Suspira siempre. ¡Mi Fernando, mi amor!      
Teod.—   Dormida lo nombra.
MdeL.—   En sueños siente que usted está con ella.    
Fernando.—    ¡No puede ser verdad!   
Teod.—   Yo la he mirado entre las sábanas gritando el nombre de sus sueños.  
Fernando.—    ¿Y el sueño era?    
Teod.—   Sí. El sueño era el hijo como hombre.    
Fernando.—    ¡No puede ser verdad!   
Ladi.—     Con su permiso, don Fernandito. Decir que no, es una tontería. Lo que hay que hacer es pensar.
Fernando.—    ¿Y tú crees que yo no estoy pensando desde hace muchos meses?...
               
(Aparece Sara y va rápida hasta abrazar a Fernando).
               
Sara.—    ¡Ya pasó la tormenta! Ya estoy otra vez alegre y tranquila. ¿Vamos, mi amor? ¿Llegamos hasta el río? Estaba allá a la orilla del agua y sentí que te necesitaba. 
Fernando.—    Vamos. (Pero se detiene ante la palizada porque Sara habla alegremente, mientras los sirvientes hacen gestos de negativa y de tristeza).       
Sara.—    ¡Mira qué lindo! Casi igual al de mi tierra. Pero no... El cielo de mi tierra es como eso, pero con mil colores más. ¿Te acuerdas?      
Fernando.—    ¡Mi alma! ¿Que si recuerdo?... Yo llegué a tu pueblo a esta hora más o menos. 
Sara.—    (Interrumpiéndolo cariñosa). ¿Recuerdas? En aquel caballito amarillo.  
Fernando.—    Y tú en la ventana con un jazmín en el cabello, mirando las gentes.   
Sara.—    Esperándote a ti.    
Fernando.— Y yo buscándote.      
               
(Tras la palizada aparece Mindongo. Trae entre las manos un ramo de campánulas azules).
               
Mindongo.—    Buenas tardes. (Todos lo miran. Ladislao se acerca).   
Ladi.—     Desde hace muchos días no lo mirábamos por aquí, viejo. ¿Esas flores?    
Mindongo.—    Niñas que crecen en la montaña. Niñas sin nombre.     
Fernando.—    Nunca había visto flores como esas.     
Mindongo.—    Son flores que no se dan sino a Mindongo. Flores...     
Fernando.—    ¿Cómo se llaman? 
Mindongo.—    Le dicen flor del sueño, rosita de la muerte, campanillas de sepultura... Me las pidió Doña Rosa. Cumplo el encargo.     
               
(Teodora se las arrebata).
               
Teod.—   ¡Son flores malas!  
Mindongo.—    ¡Dámelas. (Forcejea con Teodora por quitarle el azul racimo de campánulas). Dámelas. Ellas son el poder de Mindongo. Tendré la flor de Rosa. Dámelas!      
Teod.—   Son flores de veneno.    
Mindongo.—    ¡Dámelas!       
Teod.—   ¿Para qué las quiere Doña Rosa? 
Mindongo.—    ¡Dámelas!       
Fernando.—    ¡Dáselas, Teodora! Si son flores de veneno ¿qué importa?... Cualquiera cree que Mindongo es un criminal.      
Teod.—   Son flores malas... 
Fernando.—    Dáselas (Así lo hace Teodora). ¿Qué vas a hacer con esas flores Mindongo?   
Mindongo.—    ¿Qué voy a hacer?... Me las pidió Doña Rosa. (Oscuramente sentencioso). En estas campanitas está el poder del negro Mindongo.
Fernando.—    ¿Para qué las quiere mi madre?    
Mindongo.—    ¿Para qué?... Para envenenar... el agua de un pozo.   
Fernando.—    ¿Qué pozo?    
Mindongo.—    Eso digo: ¿qué pozo?... Un pozo que ella quisiera cegar... Un pozo de agua clara.
Fernando.—    Un pozo de agua clara...        
Mindongo.—    Sí: un pozo...  
Sara.—    ¿Qué te pasa, Fernando?      
Fernando.—    Un pozo de agua clara...
Sara.—    ¿Qué es mi hijo?... ¿qué tienes?... Estás pálido... 
Fernando.—    Es como si... Me parece que recuerdo... Una sombra... un recuerdo... una sombra...       
Sara.—    Vámonos hasta el río, hasta el puente. Miramos correr el agua y el brillo de las sardinas.     
Fernando.—    (Besando a su mujer). Un pozo de agua clara...
Sara.—    (Asustada). ¿Qué dices?
Ladi.—     Y dentro brincan sardinitas alegres.      
Teod.—   Pozo claro que quieres cegar la maldad.       
Sara.—    ¿Qué dicen todos ustedes? ¡Dios mío!  
MdeL.—   Florecita de jazmín.
Fernando.—    ¡Mindongo!     
Mindongo.—    ¡Don Fernandito!    
Fernando.—    ¿Cuántos años tenía yo cuando murió mi padre?
Mindongo.—    Pequeñito estaba. Mamaba todavía.     
Fernando.—    Todavía, ¿verdad? Y sin embargo... como pozo claro era mi padre. Estoy seguro.      
Sara.—    (Gritando). ¿Qué dices? 
Fernando.—    Lleva sus flores a Doña Rosa.       
Mindongo.—    (Cariñoso habla al racimo azul). ¿Ves campanita? Una flor por la otra (Saliendo). Una pequeña campanita azul por la flor, por aquella flor mía. Dando y dando.
Sara.—    (Abrazada a Fernando) ¡Qué horror!, qué horror, mi vida! ¡Dime que no es verdad! 
Fernando.—    ¡Tú estás conmigo! 
Sara.—    ¡Dime que no es verdad!
Fernando.—    Tranquilízate ¡Estás conmigo!
Sara.—    ¡Qué horror!, ¡qué horror, mi vida! (Llora desconsoladamente sobre el pecho de Fernando y calma poco a poco su angustia. Exquisita, plena de triste ternura, mira a su marido).
¡Contra esto no se puede luchar! ¿verdad?
Es la ley de la vida ¿verdad? Tenemos que sufrir.
Así nacimos: rotos de tristeza y de cariño. Así nacimos...     
Fernando.—    Tranquilízate. Estás conmigo.
Sara.—    A pesar de todo, esto se parece mucho a la felicidad (Fernando sujeta la cintura de Sara. Despacio, caminan hacia el banquillo rústico, a la sombra del matapalo. Allí descansan).  
Ladi.—     (Sonriendo). Fíjate, María La Luz. Fíjate, María La Luz.
MdeL.—   Fíjate tú. Aprende lo que es un hombre cariñoso. 
Ladi.—     ¿Es que yo no soy cariñoso? (Abrazándola). ¿Es que yo no sé abrazarte y besarte?      
MdeL.—   Fíjate en él. ¡Dulcito!      
Ladi.—     Es blanco, dulce. Yo soy negro, amargo.      
MdeL.—   Amargos me gustan a mí.      
        (Por la derecha aparecen Rosa y Mindongo. La presencia de la madre rompe la frase amorosa comenzada por Fernando).     
Fernando.—    Al lado tuyo la vida se aquieta. La rosa del amor abre sus... (Al mirar a la madre, calla. El silencio mueve sus alas sobre la escena. Rosa avanza con pasos de gata, cautelosa, mintiendo ternura en todos sus movimientos. Tras ella, Mindongo parece saludable, joven gallo de plumas oscuras y brillantes).      
Rosa.—   Al fin y al cabo es satisfactorio para una madre ver al hijo feliz.    
Mind.—    La niña es como el lucerito de la mañana.     
Rosa.—   Debe estar satisfecha una madre cuando mira a su hijo bien querido.  
Fernando.—    ¡Madre! Tenemos que hablar con usted.       
Rosa.—   Tú hablas conmigo cuando quieras, como quieras.       
Fernando.—    Tenemos que hablar contigo Sara y yo.
Rosa.—   Perfectamente. (Lleva una silla cerca de ellos y se sienta). Pero... si quieren referirse a... al disgusto de antes... no. Te ruego que olvides, Fernando: ¡estoy tan nerviosa desde que ustedes llegaron!... Francamente: sé que me pongo en ridículo... que digo cosas que no se miran bien en una madre. ¡Perdóname, Fernando!... ¡Estoy acostumbrada a vivir sola. Todo el tiempo que tú estuviste fuera me sostenía el pensamiento de que regresarías. Eso hacía que... Ni sé lo que digo. Antes no estaba sola porque pensaba que tú venías y ahora, tú estás aquí con esta niña y sí que estoy sola, por Dios! (Llora duramente, como un hombre, rompiéndose contra el dolor). ¡Terriblemente sola!       
Fernando.—    (Acercándose a Rosa). ¡Madre! De verdad, usted está nerviosa. ¿Por qué se empeña en buscarse preocupaciones?     
Rosa.—   Perdona, Fernando. No debo meterme a hablar cosas que te duelen.   
Fernando.—    ¡Madre!...
Rosa.—   Pero voy a volverme loca si no encuentro remedio para esta angustia. (Con penoso trabajo). Sé que tu mujer es buena contigo, que te quiere, pero yo...    
Sara.—    Doña Rosa. Vamos a olvidar las dos lo que ha sucedido. Yo también he sido violenta.       
Fernando.—    Vamos a querernos quietamente los tres... El hombre se siente bien entre sus dos amores: la madre, la mujer.     
Rosa.—   ¡Si pudiera olvidarse la madre de que también es mujer!      
Sara.—    ¡Vamos a olvidar todo! (Con repentina seriedad). Yo también voy a ser madre. (Al oír la noticia que da Sara, Fernando y doña Rosa se asombran. Fernando feliz, doña Rosa como si sintiera una puñalada).  
Fernando.—    ¡Un hijo!  
Rosa.—   ¡Madre tú también! 
Sara.—    Sí: madre. ¿No soy mujer?     
Rosa.—   No basta ser mujer.
Fernando.—    (Abrazado a Sara) ¡Gran día de felicidad!      
Rosa.—   Sí. Debemos celebrarlo. Vamos a comer aquí, al aire libre; tomamos vino viejo. Unos tragos de brandy. Vamos a celebrarlo.        
Sara.—    Sí, vieja (Abrazando la fría severidad de Doña Rosa) ¡Y a olvidar!... No recuerde más que a su nieto. Se lo tengo guardado. Bien guardadito. ¿Me da un beso?   
Rosa.—   ¡Déjate de tonterías! Vamos a arreglar la mesa. ¡Ladislao! ¡María de la luz! Teodora! ¡Traigan la mesa pequeña del comedor! ¡El mantel nuevo! ¡Las sillas!      
Fernando.—    ¡Un hijo!
(Fernando mira en arrobos el cuerpo maduro de su mujer. Ella se entrega dulcemente a su mirada. Doña Rosa va de uno a otro lado inquieta y dolorosa, como herido animal).      
Rosa.—   ¡Un hijo! ¡Un hijo!
(Los sirvientes traen la mesa, los manteles. Rosa y Sara intervienen en el arreglo sin dejar de contestar a ratos las preguntas de Fernando).      
Fernando.—    ¡Un hijo, mi vida! ¿Qué será cuando crezca?... ¿Marino como tu padre? ¿agricultor?    
Sara.—    ¿No sabes si será hembra o varón y ya estás pensando?... 
Rosa.—   No sabes siquiera si morirá pequeño... o al nacer...
Sara.—    ¿Por qué ha de morir?   
Teod.—   ¡Caramba!      
MdeL.—   ¡Dios lo salve!
Sara.—    A mí me gustaría que fuera niña.   
Fernando.—    También sería bueno una mujercita.      
Ladi.—     Mejor varón.   
Mind.—    Es menos peligroso en esta casa. 
Sara.—    Si fuera una muchacha te cuidaría cuando yo ya no estuviera.    
Fernando.—    ¡Cuando tú no estuvieras!... (Tiernamente). Vamos a cambiar de pensamiento. Quieta... yo te defiendo.     
Rosa.—   ¡Bueno. Listos! Abre el vino Ladislao.    
               
       
      Caracas, 1944.


        Revista Nacional de Cultura Nº 45. Caracas (Julio y agosto 1944)