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Especialista en Teatro Venezolano

jueves, 12 de diciembre de 2013

Guillermo Meneses



LA CITA DE LA SEÑORA

 (Un bar moderno, con rosas bien educadas, sabiamente entreabiertas por los cuidados de la florista. Un bar envuelto en blanca luz de neón, donde los cocteles son un poco productos de laboratorio y donde el sentimentalismo es semejante a una suite de Debussy en tiempo de fox.
El barman –interrumpe su gesto de encender un cigarrillo  para inclinar la cabeza ante el primer cliente de la tarde. Aprieta el gorro sobre el cabello planchado, se acerca a la mesa.)

BARMAN.- A su orden, madame.

(Distinguida, la melena bien rizada, con melancólico brillo que se opaca a la sombra de un enorme sombrero negro. Es elegante, aunque hay en ella cierta apagada sensación de vejez que no llega a cursilería. Y es, también, soñadora, aunque podemos hallar en sus ojos cierta expresión que se confundiría –si así lo deseáramos- con alguna misteriosa borrachera… o con la locura… o, simple y llanamente, con la necesidad de usar anteojos, dominada por la coquetería. De todas maneras, una señora distinguida y hermosa, otoñal, elegante.)
(El barman insiste.)

SEÑORA.- Sirva usted dos copas… Dos copas de ese coctel dulce y helado que fabrica usted…

BARMAN.- ¿Dos copas?

SEÑORA.- (Enojada) He dicho dos copas. Ha entendido usted bien.

BARMAN.- Pero…

SEÑORA.- ¿Le molesta a usted servir lo que se le pide sin preguntar?

BARMAN.- Perdone usted, madame. Pero como no veo más que a usted.

SEÑORA.- (Tranquila) Bien. Puedo explicarle. Servirá usted dos copas… y muy pronto, porque mi compañero va a llegar en seguida.

BARMAN.- Perfectamente, madame.

(El barman va y viene. Da órdenes. Hace de camarero, sirve directamente a sus clientes este barman que posee el pequeño negocio pulido donde las rosas están bien educadas. En la punta de sus dedos viene por fin la bandeja con las copas nikeladas, repletas de licor.

BARMAN.- Aquí están sus dos cocteles, madame.

SEÑORA.- Gracias. El mío aquí, frente a mí. La otra copa… ¿me hace usted el favor?... cerca de las flores, a mi derecha. Él… él, ¿sabe usted?... Mi compañero… va jugando con la copa mientras la aleja de sí hasta ponerla, justamente, al lado del florero.

BARMAN.- ¿Así?

SEÑORA.- Así. Justamente… Cuando llegue, que será muy pronto, le agradará encontrar su coctel en el sitio donde lo hubiera colocado si antes hubiera estado al lado mío… Si antes hubiera llegado a mi lado y conversado cosas tontas, poniendo en las palabras más sencillas la más intencionada pasión…

BARMAN.- Claro. Y, si me permite preguntárselo… ¿quién es él?

SEÑORA.- Él es… Él es un gran pintor. Se llama Leonardo.

BARMAN.- ¿Leonardo?

SEÑORA.- No tiene usted por qué asombrarse. Ha habido muchos Leonardos pintores, desde aquel famoso Leonardo da Vinci. Pero mi Leonardo es el más grande de los pintores.

BARMAN.- Perdone usted una vez más mi estúpida curiosidad.

SEÑORA.- No hay nada que perdonar. Pero… ¿me deja usted sola?... A él le gusta encontrarme sola, frente a la copa de coctel, frente a…

BARMAN.- Con permiso.

SEÑORA.- Hasta luego.

(El barman se retira. Asegura para sus adentros que la señora está absolutamente loca y sonríe entre pícaro y piadoso cuando ella comienza a hablar a solas mientras sorbe la copa de coctel. Se acerca sigiloso. La señora habla a dos voces. Inventa muy paso, muy lento, el apasionado diálogo en el que son personajes ella y Leonardo. Esto escucha el barman curioso y sonriente.)

SEÑORA.- Leonardo.

LA OTRA VOZ.- Querida.

SEÑORA.- Me hiciste esperar tanto…

LA OTRA VOZ.- Te he encontrado, justa, en la posición que más linda te hace.

SEÑORA.- Tal como me pintaste la última vez.

LA OTRA VOZ.- La copa de cristal sujeta entre los dedos. El borde de la copa junto a la boca entreabierta.

SEÑORA.- Los ojos…

LA OTRA VOZ.- Mirando un sueño maravilloso.

SEÑORA.- La sonrisa.

LA OTRA VOZ.- Apenas dibujada en el rincón de los labios.

SEÑORA.- El cabello salvaje…

LA OTRA VOZ.- Como si lo hubiera enredado el viento de la mañana.

SEÑORA.- Tal como tú quisiste verme siempre.

LA OTRA VOZ.- Gracias querida, muchas gracias… Eres tú, son tu rostro y tu cuerpo, como una dulce melodía triste y encantadora.

(El barman se inquieta. Hace la mujer el juego de las voces con tal sinceridad, que el insigne fabricante de cocteles duda a veces si no será cierta la presencia de alguien al lado de la dama del gran sombrero negro. Vuelve a escuchar.)
LA OTRA VOZ.- Querida, siempre dije que tú, que tu cuerpo, eran música pura. Cantan los colores y las formas de tu carne la más bella y profunda canción. La canción que yo he hecho en mis cuadros.

SEÑORA.- ¿Recuerdas?... Nos encontramos por vez primera en lo alto de las montañas.

LA OTRA VOZ.- Corría el viento doblando las yerbas y desmelenando las ramas de los árboles.

SEÑORA.- Había en el aire olor de tierra mojada y de flores.

LA OTRA VOZ.- Tú reías.

(Ante el asombro del barman ella lanza una carcajada)

SEÑORA.- ¡Como ahora, querido!

LA OTRA VOZ.- Reías y se hacía metálico y fogoso el atardecer. Temblaban las nubes llenas de tu risa.

(La señora vuelve a reír en larga risa fresca)

SEÑORA.- Lo mismo que hoy, Leonardo.

(La señora se toma de un trago el segundo coctel, el reservado para Leonardo. El barman decide intervenir.)

SEÑORA.- ¿Qué desea usted?

BARMAN.- ¿Otro coctel, madame?

(Ella responde rabiosa, como despertando de un sueño.

BARMAN.- Creí que me llamaba. La escuche reír. Me di cuenta de que estaban las copas vacías y…

(Madame llora, delicadamente, desconsoladamente.)

SEÑORA.- ¿Qué ha hecho usted, barman?

(El barman se azora, habla con inquietud.)

BARMAN.- ¿Qué he hecho yo, señora?

SEÑORA.- Ha roto usted mi cita…

BARMAN.- ¿Su…? ¿Su cita?        

SEÑORA.- Se ha ido Leonardo. Usted lo ha hecho ir.

BARMAN.- Señora, crea que lo lamento extraordinariamente.

SEÑORA.- Pero, ¿por qué, barman, ha hecho usted eso?... Él estaba aquí. ¿No lo miró usted? Mientras se tomaba su coctel estaba diciéndome cómo nos conocimos allá en las altas montañas, donde el viento dobla con sus fuerzas las delgadas yerbas y las ramas de los arboles… Contaba él como yo reía y el atardecer se hacía metálico y temblaban las nubes llenas de mi risa. (Solloza la madama con largo llanto quieto) ¿Por qué barman, ha hecho usted eso?... Leonardo se fue.

(El barman no encuentra que hacer con las manos. Se aprieta el gorrito, mueve los pies, se rasca una oreja. Por fin habla.)

BARMAN.- Perdone usted, señora, he sido inconcebiblemente torpe. He debido saber desde el primer momento que estaba usted metida en un negocio sumamente delicado.

(Ella insiste monótona)

SEÑORA.- Se fue Leonardo, barman. Ha partido.

BARMAN.- Ciertamente.

SEÑORA.- No hay nadie al lado mío, barman… y su copa está vacía.

BARMAN.- Sí.

SEÑORA.- La tomó a sorbos lentos, como si quisiese estar mucho tiempo conmigo y luego llegó usted, con su pregunta impertinente.

BARMAN.- Llegué yo y…

SEÑORA.- Y ahora, no está Leonardo…

BARMAN.- No encuentro palabras para rogar a usted…

SEÑORA.- (Categórica) ¡Las palabras no sirven para nada!

BARMAN.- ¡Caramba!... Pues sirven a veces… para vivir los sueños.

SEÑORA.- Es que no ha sido un sueño, ¿sabe usted?... Él estaba aquí y si no hubiera sido por la impertinente intervención de usted, por su empecinamiento en saber de todas las cosas, hubiera estado junto a mí largo tiempo y me hubiera besado, como aquel día que nos conocimos, los cabellos mojados de lluvia.       

BARMAN.- Señora… ¿desea usted otro coctel?

SEÑORA.- Sírvalo.

BARMAN.- ¿Dos copas?

SEÑORA.- No se repite fácilmente la cita del recuerdo.

BARMAN.- ¡Caramba! ¡Pues quién sabe…!

(Mientras prepara su nueva fórmula, el barman siente que se sumerge en un abismo que va de la demencia a la burla. Dentro del sentimentalismo moderno del bar moderno –Debussy en ritmo de fox-, hay un sitio para esa loca que habla sola e inventa diálogos con un inexistente enamorado. La entrada de un cliente nuevo, pone en movimiento de manera estrafalaria, la máquina de pensar que existe bajo el gorrito blanco del barman.)

BARMAN.- ¿Qué desea usted, señor?

(El recién llegado bosteza, se arrellana en su silla)

EL NUEVO.- Un coctel.

BARMAN.- ¿Le molestaría a usted, además, vivir esta tarde una extraña aventura?

EL NUEVO.- ¿Una aventura?... Encantado, barman.

(El hombre no tiene la menor idea de la “aventura” donde se ha metido. A medida que habla el barman, presiente que lo anda rondando el absurdo.)

BARMAN.- ¿Le agradaría a usted ser, por unos momentos, cierto pintor llamado Leonardo y asistir a una cita con aquella señora que, por cierto, espera la llegada de un antiguo amante?

EL NUEVO.- ¡Caramba, barman!... No la conozco. Ni siquiera sé su nombre.

BARMAN.- Acérquese. Llámela usted “querida” y dígale que la conoció una tarde, en las altas montañas. Dígale usted, textualmente, que la risa de ella incendiaba las nubes y hacía vibrar el aire cargado de lluvia…

EL NUEVO.- Es hermosa.

BARMAN.- Espera a su amante.

EL NUEVO.- Pero, barman…

BARMAN.- Va usted a decir que sí. Yo pondré su coctel, el que le corresponde a usted, junto al florero, al lado de las rosas. Usted tomará la copa, sencillamente, naturalmente… y le dirá “querida”.

(El recién llegado se decidió. De un golpe, sin pensarlo más, ha lanzado su afirmación.)

EL NUEVO.- ¡Vamos!

BARMAN.- ¡Vamos!... Pero, oiga usted… extremada delicadeza, ¿entendido?

EL NUEVO.- Créame que la cosa es seria.

(El barman atraviesa el pequeño laberinto de cristal que forman las mesas. Llega hasta la Señora mientras El Nuevo observa.)

BARMAN.- Madame…

SEÑORA.- Gracias…

BARMAN.- Aquí junto a las rosas la otra… ¿Bien?

SEÑORA.- Gracias de nuevo. Y, si él viene, no intervenga usted, barman, por favor… Y, si observa usted las copas vacías, retírese usted en silencio y, en silencio, ponga usted nuevas copas.

(El caballero recién llegado se acerca a la mesa. El barman se coloca lo suficientemente cerca como para seguir escuchando. El caballero toma asiento tranquilamente.)

SEÑORA.- Leonardo…

EL NUEVO.- Querida…

SEÑORA.- Regresaste…

EL NUEVO.- Tenía que regresar. Tú lo sabes…

SEÑORA.- Estábamos hablando tan íntimamente y llegó ese barman a interrumpir nuestra cita.

EL NUEVO.- El encuentro de la montaña, cuando tus cabellos estaban llenos de lluvia…

SEÑORA.- (Con miedo) Y mi risa…

EL NUEVO.- Y tu risa incendiaba las nubes y temblaba en el aire.

SEÑORA.- (Riendo) En verdad, eres tú, Leonardo.

EL NUEVO.- ¡Claro, querida!

SEÑORA.- No tomes tu coctel tan apresuradamente. Siempre tomaste a sorbos lentos, alargando el momento de nuestra intimidad.

EL NUEVO.- ¿Así?

SEÑORA.- Más lento. El tiempo pasa con excesiva rapidez.

EL NUEVO.- Todos estos años…

SEÑORA.- ¿Estos años, Leonardo?... Ayer nos vimos, como siempre.

EL NUEVO.- ¿Ayer?

SEÑORA.- Como siempre. Nunca has faltado a una cita, desde el día de nuestro encuentro en la montaña.

EL NUEVO.- Cierto, querida.

(Asustado El Nuevo se traga de un sorbo el coctel. Ella se enoja)

SEÑORA.- Ya vaciaste tu copa y yo apenas he probado la mía. Estás tomando como si fuera necesario que nos separáramos muy pronto.

EL NUEVO.- Y así es, querida.

SEÑORA.- ¿No pides otro coctel?

EL NUEVO.- Tengo que irme.

SEÑORA.- ¿No te acompaño hoy?

EL NUEVO.- Tal vez no sería conveniente.

SEÑORA.- ¿No vas a tu casa? ¿Tienes algún cliente a quien atender?

EL NUEVO.- (Inventando miles de excusas para detener la loca aventura donde se ha metido). Alguien me aguarda para…

(Ella interrumpe celosa)

SEÑORA.- ¿Estás haciendo el retrato de una mujer?

EL NUEVO.- No. En realidad…

SEÑORA.- (Interrumpiendo ahora dolorosa) No me engañes, Leonardo. No soportaría una mentira de tu parte. Siempre has sido noble y sincero.

EL NUEVO.- (Decidiéndose como quien se lanza a un precipicio) Vamos a casa, entonces. ¡Nada nos separa! ¡Vamos!

SEÑORA.- Vamos.

(El barman acude solicito y sonriente. Cobra las monedas. Hace reverencias. Atiende a la dama….)

BARMAN.- ¿Estoy perdonado, madame?

SEÑORA.- (Muy alegre) Perdonado. Adiós. O, tal vez, hasta mañana.

(La pareja desaparece. El barman, tras sus cristales pule una cenicera mientras silba una melodía cualquiera, seguramente Debussy en ritmo de fox).


Caracas, 1948.




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